La vida, y la muerte.

- Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Pueden devolver la vida? Entonces no se apresuren a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos. - Alguien entre el público sonrió tímidamente. El Juez siguió mirándole impasiblemente, como si esas palabras no fueran suficientes para llegar a su duro corazón. - Nadie merece decidir sobre la vida de otro, aunque éste sea una rata...
- ¡Orden! - Gritó el juez, golpeando con el martillo.
- Aunque sea la mayor inmundicia de este mundo...
- ¡Caballero! - Se sofocó el magistrado.
- Ni el mayor desperdicio de hombre de este mundo - Su señoría le llamó la atención una tercera vez. - merece que otro decida sobre su vida. Puede que esta mujer no esté muy de acuerdo con mis palabras, puede que no entienda el sentido de perdonar la vida a aquel que quita la de otro. Pero pregúntese usted, y más específicamente cuestiónenselo ustedes, jurado en este pleito. Pueden sentenciarlo a muerte, adelante. Háganlo, envíenle a la silla. - Su cliente le miró, nervioso, el letrado le relajó con su mirada. - Pero tienen ahora en su mano la vida y la muerte de una persona, pueden acabar con él. O pueden encerrarle y tal vez en diez, veinte o treinta años una vez ya en la calle haga algo grandioso por la humanidad. ¿No les gustaría poder contarle algún día a sus descendientes que perdonaron a alguien que acabó siendo un buen hombre? Porque si supieran que va a cometer una buena acción, el asesinarle. E insisto, asesinarle; les daría a ustedes unos remordimientos de los cuales nunca se librarían.
- ¿Y si vuelve a matar? - Preguntó alguien, sofocado, del público.
- ¡Silencio! - Gritó el juez, nervioso.
- No, no, es una buena pregunta. Si vuelve a matar seguirá siendo una persona, y seguirá teniendo derecho a vivir. Como dije, ni el mayor hijo de puta del mundo merece la muerte. Tendrá menos derecho a la libertad, pero seguirá teniendo derecho a vivir. Y aunque el Derecho a la libertad es inviolable, claramente el Derecho a la vida siempre debe quedar por encima. Por encima de todo. Ninguno de nosotros tiene el poder de apagar a nadie, nadie lo tiene. Nadie debe decidir sobre otro, aunque él ya lo hiciera. No le pido a nadie que le perdone. No pido a nadie, especialmente a usted - Dijo, mirando al cliente de la acusación. - que perdone sus acciones. No pido que olviden, no quiero que eliminen ese odio de su cabeza. Sólo perdónenle la vida, no a él. Perdonen su vida. Pues si matan al que mató, son peor que ese alguien. Se rebajan a su nivel. Lo siento. - Dijo, sonriendo a su cliente. - Perdonen la vida a una persona, y tienen cien años prometidos en el paraíso. Eso es todo, señoría.
Silencio, nadie habló. La familiar de la víctima se acercó al oído de su abogado y le susurró algo; éste, después de sorprenderse, se levantó y se dirigió al juez: - Mi cliente quiere decir unas palabras. - El Juez se extrañó:
- Sí, adelante.
- Quería decirle algo a usted, - Miró al asesino de su hermano directamente a los ojos. - le perdono.
Y ahí, en ese instante, aquel que mató a un chico de veinte años con cinco disparos, rompió a llorar. Lloró como quien se rompe todos los huesos del cuerpo, como a quien le rompen el corazón una quinta o sexta vez, como quien pierde a su abuela, como quien ve al amor de su vida después de medio año separados, como quien sostiene a su hijo por primera vez... Una enorme tristeza y una extrema felicidad, a la vez, golpeándole en el pecho con una fuerza sorprendente. El discurso de su abogado había sido extraordinario, pero el que ella le perdone no podía soportarlo. Se sintió como la nada, como si él no entrara en ese grupo de personas. Así que corrió hacia la ventana, y antes de que nadie pudiera evitarlo, saltó.

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