Teñida de rojo.

Mirando hacia atrás, probablemente no debí haberlo hecho. Sin duda alguna, fue una muy mala idea. ¿Pero qué otra opción quedaba? ¿Qué podía hacer sino? ¿Quedarme allí, sentado y sin moverme, como un cobarde observando la guerra? No, hice lo que en aquel momento tenía que hacer.
Eran las tres de la madrugada y como la noche anterior y la noche anterior a esa, estaba sentado en el sofá, observando el televisor apagado, acompañado por la peste de un cigarrillo a medias desde hace demasiado tiempo y un whisky que se pasaba de copas. Un grito, un golpe, ¿qué fue lo que me devolvió al mundo? No lo recuerdo bien, simplemente corrí a la ventana intentando no tropezarme con mis pies. Estaba oscuro, pero pude distinguir una siluetas. Una figura, en el suelo, y algo amenazante dirigiéndose hacia ella. No lo veía claro, tenía dudas, pero estaba bastante seguro que un hombre estaba pegando a una mujer delante de mi casa, protegido por la noche y las sombras. ¿Qué más podía hacer? Me acabé el whisky entre mareo y mareo y corrí a la calle entre calada y calada.

Me abalancé hacia él dirigiendo su atención hacia mí con un grito, y le tumbé en el suelo de un puñetazo. Dolió, tal vez me dolió más a mí que a él. Pero intenté ser rápido, le di una fuerte patada en el estómago de la cual tardaría unos valiosos segundos en recuperarse, segundo que usé para ponerla a salvo. Mirando hacia atrás, esa fue una segunda mala idea. Llevármela, ¿por qué? Pero no pude pensar, no podía razonar. No sé si era la rabia, el miedo, o el alcohol. Le agarré el brazo a la chica y le grité que me siguiera. Ella, asustada, me siguió y siguiendo mi camino de malas decisiones, subí a casa. Subimos a casa. No podría haberlo hecho peor.

Prácticamente la arrastré a través del a puerta que cerré con fuerza para luego tirarme al sofá y respirar de nuevo. Había tumbado a ese hombre, había corrido hacia él, borracho y algo deprimido, para tumbarle de dos golpes y salvar a una dama en apuros. Me sentía más vivo de lo que me había sentido nunca, me sentía Superman. No, me sentía como un dios. Pero daba igual, un golpe me devolvió, de nuevo, al mundo.

—¿Qué coño has hecho? —me gritó la mujer después de darme semejante torta.

¿Pero qué cojones?

—¿Qué? —nunca había estado tan confundido en mi vida. ¿Qué demonios estaba pasando? Debería darme las gracias, debería suplicármelas incluso.
—¿Por qué le has hecho eso a mi novio?
—¿Disculpa? Ese cabrón te estaba pe
—Ese no es tu problema, capullo, no es asunto tuyo. Le he hecho mucho daño y sólo estaba haciendo lo que merecía. Y tú, y tú... —De repente la chica se puso a llorar, su cara de compungida pasó a una cara de rabia, y después de darme una patada en la entrepierna, me escupió en el ojo, me cogió una cerveza de la nevera, unos cuantos euros que tenía por allí tirados y sin darme las gracias pero despidiéndose como una dama, se fue— Que te den, hijo de puta.

Me dolía todo. La cabeza, por el whisky; la mano, por el puñetazo; y joder, me dolían mucho los huevos. Cogí un bol y lo llené de hielo, me llevé la bolsa de hielo al sofá y me tumbé en él. La bolsa en los huevos, la mano en el bol y los ojos cerrados. Ya no me sentía un héroe, sólo un estúpido. Ese cabrón la tenía enganchada, como un cocainómano a la reina blanca, y ella no lo veía. Le da de hostias, y me roba y me deshueva por salvarla.Tal como lo veía, tenía dos opciones: Podía meterme en el tinglado, matarlo o denunciarlo a la policía, lo cual me traería muchos problemas. O podía simplemente ignorarlo y seguir con mi vida. Decidí ser un poco cobarde.
Con la mano no dolorida me acerqué la botella a los labios, un dulce beso, y lo adorné con un cigarrillo. Y por supuesto, antes de dormirme, un pensamiento corrió por mi cabeza:

¿Y si llega un día en que veo a un hombre dando una soberana paliza a una mujer de nuevo, debería hacer algo? La respuesta me llegó más rápido de lo que tardó Morfeo: Aunque me quede sin mano, sí.

La otra vida.

- ¿De qué tienes miedo?

La muerte me miró, y yo tuve miedo.
Había aparecido allí sólo hace pocos minutos, después del golpe. No recordaba nada de ese momento, como quien no recuerda cuándo se durmió exactamente. Sé que he muerto, por eso estaba allí, pero no lo recordaba. Sólo algo vago, inexacto, nada claro.
Sí recordaba mi vida y a todos aquellos a los que había dejado atrás. Mis padres, mi novia, mis amigos... Los recordaba, me dolía y no pude evitar llorar. Pero no le temía a la muerte.

- Tengo miedo a no superarlo.
- ¿No superar el qué?
- Esto. La muerte.
- Ya... pues vas a tener que hacerlo chaval, no hay solución. Las palmao'. - Así me lo dijo, con una sonrisa y un tono algo sarcástico, como si le pareciera gracioso. 
- Bueno, ¿dónde estamos? - Pregunté eso porque no todos los días uno tiene la oportunidad de hablar con la muerte. Pensé que era un buen momento para obtener respuestas.
- En otro sitio.
- ¿Qué sitio?
- Es complicado.
- ¿No tiene nombre?
- No para vosotros.

"No para los que estaban vivos". Se ve que hay gente que siempre vive, gente que siempre ha estado muerta, y luego el resto. La mayoría. Gente como yo. Que vive, y luego muere. Le dije que era imposible, que no existía gente inmortal. 

- Es complicado. - Respondió.
- ¿Entonces... sí existen?
- Sí, sí... pero.. es complicado.
- Íntentalo.
- Nah... no me apetece.

Y la Muerte se dio la vuelta y empezó a andar. Yo no me creía su comportamiento. ¿Cuál era su problema? Le seguí y me puse a su lado.

- Oye Muerte, ¿puedo llamarte Muerte?
- Sí claro, es mi nombre. - Sonrió de nuevo, ¿se lo pasaba bien?
- Esto... ¿es el cielo? ¿El infierno?
- Oye hazme otra pregunta...
- ¿A dónde vamos? - Fue lo único que se me ocurrió.
- Esa... mejor piensa otra.

Me sacaba de quicio. Se negaba a darme ninguna explicación sobre todo esto, y sin miramiento esquivaba mis preguntas, se burlaba de mí...

- ¿Existe Dios y el Demonio? - Probé con otra pregunta.
- Yo que sé. ¿Existe? - Me miró fijamente como si realmente pensara que yo tenía la respuesta.
- Pero... ¿no deberías saberlo tú?
- No sé, ¿por qué no lo sabes tú? - De nuevo, esperó mi respuesta. Como si yo pudiera tenerla. Tal vez tenia que hacerle preguntas más simples.
- ¿Dónde están el resto de los muertos? ¿Por qué estamos los dos solos?
- No sé tío, por allí estarán.

Le miré incrédulo, y él se limitó a suspirar y levantar los hombros. Me daba respuestas inútiles y absurdas una y otra vez, o sino hacía alguna broma sin gracia. No saqué nada claro de todo eso, así que probé con preguntas aun más simples.

- ¿Cómo morí? Es que no me acuerdo.
- Hostia tío no te estaba mirando... Yo paseaba por aquí y llegaste.

La Muerte me llamaba "tío", como si fuéramos viejos amigos. Me trataba como un desconocido al que te encuentras un día de fiesta, borrachos los dos, y habláis de temas sin sentido. Dejé las preguntas complicadas, y las simples, y fui a las que me importaban.

- ¿Estarán bien? - Dejé de andar, para indicarle que ahora sí necesitaba una respuesta de verdad. Él se paró también, me miró y suspirando, respondió.
- Sí. Todos lo superan, de una forma u otra. 
- ¿Todos?
- Sin excepción. Lo superan en vida, o en muerte.
- ¿Morirse es una forma de superar una pérdida? ¿Dices que para superar perder a su hijo, mis padres se tienen que morir?
- No, no... - Agitó las manos en el aire, como si le preocupara lo que he dicho. Vi una seriedad en él desconocida hasta ahora. - Es una forma, no la única. Piénsalo bien. Si te mueres... estás con los que has perdido. Superas la pérdida.
- Supongo que tienes razón... ¿Pero por qué a mí me duele?
- A ver cómo te lo explico... - Se sentó y yo le imité. Estuvo unos diez segundos callados, pensando, y empezó a hablar. - Todos pensáis que la muerte y la vida son contrarias, terriblemente distintas. No es así. ¿Te parece esto muy distinto a lo que había antes? Tal vez el paisaje no se parece mucho, ni la comida... y puedes hablar conmigo. Pero será otra vida. Muy parecida a la de antes. Por supuesto, aquí también hay preocupaciones, dolor...
- ¿Entonces para qué morimos si tenemos que seguir aguantando todo eso?
- ¿Acaso todo eso ha quitado valor a tu vida?

No, claro que no. 

- ¿Entonces... esto es la reencarnación?
- ¿Qué? ¡No! - Soltó una carcajada sin miramiento, burlándose de mí como si no estuviese delante suyo. - No te transformarás en un gusano ni nada así, seguirás siendo tú... pero aquí.
- Y no me dirás qué es aquí...
- Es complicado.
- Y una vez aquí... ¿la gente se muere?
- Ni idea. - Se urgó la nariz.
- ¿¡No lo sabes!? - Pensé que ahora sí bromeaba de verdad, tenía que hacerlo.
- Yo controlo a los vivos que vienen aquí, y sé más o menos cuantos inmortales hay y todo eso. Pero la peña que hay por aquí... no sé, muchos.
- ¿No sabes cuántos muertos hay aquí? - Tenía los ojos abiertos como platos.
- Es que no tenemos un censo, ¿quieres empezar a contarlos?
- ¡Pero si no hay nadie!? - Me levanté de golpe.
- Hostia, ¿te cuesta eh? - Se inclinó hacia atrás, como preparándose para otra explicación. Costaba que diese respuestas. - Esto es grande, ¿vale? Muy grande. Tú piensa en cómo de grande es el mundo de los vivos, en cuántos hay... Pues esto es infinitamente mayor, puedes pasarte mucho tiempo sin cruzarte con nadie. 
- ¿Esto es entonces un planeta? ¿Una habitación infinita?
- Los vivos no tenéis conceptos para entenderlo, es... un lugar. Un lugar muy grande. No es infinito, pero no puedo explicarte cómo de grande es. Además, el tiempo aquí funciona de otra manera, tampoco puedo explicarte cómo de viejo es.
- ¿Podría decirse que es otra dimensión?
- Podría. - Entrecerró sus ojos y volvió a levantar los hombros, como si aceptara mi respuesta por aceptarla no porque fuese correcta. - Mira, deja de preguntarte qué es este sitio y qué hay y tal. Sólo... pasea, vive, hay mucha peña.
- ¿Dónde?
- No sé, ¿por allí? - Señaló a un punto en el vacío.
- Has dicho que se pueden estar años sin cruzarse con nadie, ¿le pasa esto a todos? ¿Mueren y aparecen en la nada para charlar contigo?
- Que va, ha sido casualidad. - Se levantó y estiró la espalda. - Yo estaba por aquí y tú has aparecido. Pero puedo llevarte a donde hay más gente, al fin y al cabo podría decirse que esto lo controlo yo.
- ¿Cómo un dios?
- Bueno... - Sacudió la cabeza a los lados. - Más o menos. Bueno, quieres que te lleve con otros. ¿No? - Asentí. - Vale, pues atento. Es fácil. Sólo cierra los ojos, relájate y déjate llevar. Literalmente, en todos los sentidos.
- Vale, una pregunta más. Todo esa gente... han muerto, ¿no?
- Sí joder, claro. Vaya pregunta... - Además era borde.
- ¿No estarán todos deprimidos? Por haber muerto y eso.
- No todos se toman la muerte igual, de la misma forma que no a todos les afecta igual la muerte de otro. Pero sí, algunos se deprimen al morir. Y algunos no lo superan.
- ¿Y tú eres la causa de eso?
- Bueno, yo no te he matado... - Se rió, de nuevo. - Pero sí, digamos que yo me inventé a mí mismo. Era algo necesario, ya sabes, superpoblación y esas cosas... - Me guiñó un ojo y sonrió, como si descubriese un gran secreto gracioso. 
- Y haciendo tú esto... ¿no te afecta? ¿Cómo estás tú?

La Muerte no respondió, y no sonreía. Sólo me dijo que cerrara ya los ojos, que me dejara llevar. Unos momentos después estaba rodeado de gente, del resto de los muertos, y la Muerte se fue.



Caminos, borrados, del pasado.

Cuando estaba en primaria, al igual que todos, tuve mi pequeña historia.

Ahora tengo 35 años, una hipóteca y una preciosa mujer. Se llama Ana. Trabaja de Social Manáger en una importante multinacional dedicada a distribuir farmacéuticos. La conocí hace diez años, en una fiesta, rodeados de humo y alcohol y yo iba lleno de ambos. Me acerqué, la besé y le dije hola. Ella me dio una torta por el beso sin permiso, y luego me permitió intentarlo otra vez. Por alguna razón me aceptó en su vida, aceptó mi amor y aceptó casarse conmigo. Diez años después, sigue siendo la cosa más bonita de este mundo, y siempre la beso, y luego le digo hola.
En su momento, tardé menos de un segundo, menos de un latido de corazón, menos de lo que tarda un trueno en romper el silencio, en enamorarme de ella. Hubo otras antes, claro, ninguna importaba ya. También teníamos dos hijos y un chucho. Una casa bonita y un coche rápido. Una cocina llena de vino y queso. Una tele grande y una librería aún más grande. Todo iba bien en mi vida y yo era feliz.

Sucedió un Lunes, volviendo de comprar café, cuando me crucé con ella.

En primaria estaba colgado de una niña muy mona. Era pelirroja y siempre llevaba dos coletas. En cuarto le di un beso y ella me dio una torta. Luego se convirtió en tradición. En quinto aceptó ser mi amiga. En sexto nos convertimos en mejores amigos. En la ESO descubrí lo que era el dolor.
Con catorce años empecé a mirarla distinto, a mirarla más. A sentirla. Llevaba años pensando que era una niña preciosa, con catorce años pensé que era la más preciosa. Con quince se lo dije.

- Lo siento, sólo te veo como un amigo.

Y dolor.

Pero no nos distanciamos, seguimos siendo grandes amigos. Llegamos a Bachillerato y fuimos al mismo instituto. Y pasaron cosas. Luego fuimos a la universidad, y como la vida, cada uno siguió su camino.

Ese Lunes, nuestros caminos se cruzaron. Ella llevaba el mismo pelo rojo, sin coletas, un vestido verde y un café en la mano. Me reconoció al instante, corrió hacia mí y sin permiso, me abrazó.

- ¡Hacía siglos que no nos veíamos! - Me dijo con una sonrisa enorme mientras se quitaba las gafas. Sus ojos eran del color de la luna.
- Lo sé, desde que fuimos a la universidad... ¿qué es de tu vida? - No podía evitar sonreír sin parar.
- Pues... me casé hace dos años. - Me enseñó la foto de un niño rubio que sonreía a la cámara.
- Vaya, ¿y tienes hijos?
- Sí, pero de mi ex marido. Me divorcié hace años y me casé con él en la universidad.

Sonrió, con sinceridad.

- ¿Y tú?
- Me casé hace ocho años y sigo con la misma mujer. Mira, es ésta. Y estos mis hijos.
- Es preciosa.
- Lo sé.

Me contó que trabajaba de informática, free lance, desde casa. Que tuvo problemas con alcohol, que había perdido el contacto con su pasado y que ahora era feliz con su vida. Yo me alegré por ella y le di mi móvil para vernos otro día. Nos despedimos con dos besos, y cada uno siguió su camino.

No pude evitar pensar en lo poco en lo que se reducía ahora. En su tiempo, ella fue mi mejor amiga. Nunca se lo dije, pero desde que me declaré por primera vez, seguí enamorado de ella durante años. Incluso en la universidad, sin ningún contacto con ella, me costó olvidarla. Me costó horrores. Ahora, una conversación de cinco minutos, dos besos y un "ya nos veremos". 
El amor de mi infancia, reducido a un cliché. A un frase de promesas rotas. A otro contacto de móvil cualquiera.

Llegué a casa y dejé el café en la cocina. Fui al comedor, le dí un beso a Ana y le dije hola. Ahora Ana estaba en mi camino, y todos los demás habían sido reducidos a nada.

Me entraron ganas de llorar al recordar todo eso que en su día me importaba y que hoy ha desaparecido. Toda esa gente que significó tanto y cuyas caras no puedo recordar ya. Le escribí un mensaje y le dije de vernos mañana para tomar un café, con Ana y su marido. No tardó ni un segundo en responder.

- ¿Ana?
- ¡Dime! - Subió corriendo las escaleras y entró en la habitación.
- Nada, esto... ¿mañana por la tarde estás libre?
- Sí, ¿por?
- Para tomar un café con unos amigos.
- Claro, ¿quiénes? ¿Les conozco?
- No, es una amiga mía y su marido. Hacía años que no la veía y me la he cruzado antes.
- Vale, será divertido. 

Ana me dio un beso y volvió a bajar. Yo me quedé un rato en la habitación. Me dije a mí mismo que sólo era nostalgia. Pero abrí mi diario personal y escribí dos líneas.

"Hoy he visto a mi primer amor. Sigue siendo increíble."

No hay respuesta correcta sin pregunta adecuada.

La tierra tiene unos 4.5 mil millones de años y está por allí, flotando, en una sistema dentro de una galaxia dentro de un universo que quién sabe, podría estar dentro de algo más grande, y nunca podríamos ponerle una edad a esto.
En nuestro planeta, que seamos sinceros, es lo único que conocemos más o menos bien, hay cientos de miles de especies animales, vegetales, paisajes que maravillan y otros que asustan. Hay sonidos, hay luces y tenemos kilómetros y kilómetros por recorrer. Descubrimos el fuego, inventamos la rueda, la escritura, la máquina de vapor, el ferrocarril y el palo para selfies. Dimos Devolvimos a la mujer su derecho a voto, al hombre negro su libertad casi libertad y ahora nos damos el deber de proteger esas especies de animales que no nos ha dado tiempo por extinguir (matar, que suena más sincero). Ahora nos preocupamos por el mar, la polución, los bosques, el petroleo y todos pensamos que el animal más mono del mundo es el kiwi, aquel que destruimos y cuyo nombre algunos son sólo capaces de relacionar con la fruta.
El hombre se dedica a construir, comunicar, crear - y destruir -, amar, pintar, inventar ... Y se sitúa en el centro de todo. Nuestro planeta. Nuestro Sistema solar. Nuestra galaxia. Nuestro universo.

¿Y qué hacemos aquí? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

Seguramente la principal razón por la que no ha venido aún ningún alien a tomar un café de buena mañana con nosotros es porque aún hay gente que se hace tantas preguntas estúpidas sin sentido que llevan a absolutamente nada. Primero de todo, ¿de verdad creéis que encontraremos un sentido a nuestra especie si no somos capaces ni de entendernos a nosotros como individuo? Segundo, la pregunta está muy bien, y una vez que obtengamos la respuesta... ¿qué? ¿Vida eterna? ¿Felicidad infinita? ¿Una orgía mundial?

Seguimos obstinados en darnos un significado dentro del todo como si el todo estuviese diseñado - si está diseñado - para o por nosotros. Como si todo lo que hay a nuestro alrededor estuviera dedicado al hombre. Que el planeta Tierra sea ideal para la vida no quiere decir que exista para ello. Simplemente se dieron dos hechos y 1 + 1 es 2. Seguramente todo son casualidades, y casualidades, que las pones en fila y parece que tienen sentido hasta que te das cuenta que todo es demasiado grande y puesto que es imposible ponerle entonces algún sentido, le pones un nombre. Dios. Pero no es necesario un nombre, ni un sentido, ni un nada. Las cosas pasaron, las cosas pasan y las cosas pasarán. 

Y no.
Pasa.
Nada.

Hace unos añicos el hombre apareció en la tierra. El hombre evoluciona y se carga la tierra. El hombre no puede sobrevivir a la tierra y o bien se extingue, o emigra a otro planeta al que volverá a destruir y llegaremos a colonizar la galaxia entera preguntándonos: ¿Qué hacemos aquí? ¡ Huir de nosotros mismos!
Seguramente al final sólo se trate de estar, eso que aterroriza a todo el mundo. La gente teme estar allí en vez de vivir cuando tal vez se reduce a eso. Estamos aquí, y da igual el porqué. Seguramente si encontramos una respuesta a nuestra existencia, nuestro camino, a cualquier pregunta trascendental que nos hayamos podido hacer nunca, seguramente esa respuesta tendrá forma de pregunta. Y si tiene forma de respuesta, tal vez nunca estaremos preparados para ella. 

Años intentando descubrir que hay después de la MUERTE cuando nadie sabe cómo hay que vivir una VIDA.

Somos una bonita especie, capaces de mucho. Simplemente ignoremos los grandes aspectos absurdos de la vida y centrémonos en lo importante:

[Introduzca esa pregunta que se hace cada mañana]

Posibles opciones:

1. ¿Es el amor un invento del hombre?
2. ¿Nace bueno el hombre y la sociedad lo pervierte, o es al revés?
3. ¿Hay un algo más grande?
4. ¿Cuáles son esas grandes preguntas?
5. ¿Qué hay después de la muerte?
6. ¿Estamos solos en el universo?
7. ¿Cuán viejo es exactamente el universo?
9. ¿Existe la verdadera y total libertad?
10. ¿Somos la creación de algo o alguien?

Olvídate ya del puto sentido de la vida, de la humanidad, de todo. Sólo, vive.

Los colores del corazón

Salí de la peluquería y me pasé la mano por el pelo. Hacía calor y algo de viento. Saqué el móvil, activé la cámara y me miré. Me sentí bien, me veía guapa. Perfecto.

Crucé la calle y entré al bar, fui hasta al fondo y me senté delante de él. Un chico joven con perilla, el camarero, se acercó:

- ¿Qué deseará la señorita?
- Una copa de cava.

El camarero se alejó y empezó remover botellas de cava hasta encontrar una de mi agrado. Era habitual en el bar.

- Podrías haberme avisado de que llegabas. - Me dijo desde el otro lado de la mesa. Llevaba las gafas de sol puestas y el bastón reposaba sobre la pared. No sonreía y pasaba el dedo índice sobre la superficie de su vaso de agua. Estaba guapísimo y odié al mundo por no permitirle saberlo.
- Supuse que lo sabrías. - Sonreí.
- Ya... - Al fin, me devolvió la sonrisa. Picarona. - Noté tu champú al llegar. Bueno, no es el habitual, es el de la peluquería.
- Entonces podría ser cualquiera... 
- Bueno, estaba bastante seguro que eras tú cuando le pediste el cava al camarero.

No pude reprimir una risa, y hasta el camarero se sorprendió al verme. Dejó una copa de cristal frente a mí y di un pequeño sorbo al cava.

- Bueno preciosa, ¿qué te han hecho?
- Cosas en el pelo.
- ¿Qué cosas? ¿Cómo está?
- Pues... he cortado las puntas y me he quitado ese flequillo recto, ahora lo llevo al lado. ¿Quieres verlo?

Sin darme una respuesta verbal, simplemente se inclinó hacia mí y me pasó la mano con suavidad por el pelo. Seguía el cabello hasta el final y luego lo dejaba caer como si fuese oro líquido. Aunque ya no era oro líquido.

- Me gusta como te queda, la raya al lado resaltará más tus mejillas.
- Que observador... - Pasé mi mano encima la mesa y la coloqué sobre la suya - Me he hecho algo más.
- ¿Hm? - Desperté su curiosidad.
- Me lo he teñido.

No pudo evitar sonreír, de forma prácticamente estridente. Sonrió mientras enseñaba los dientes, como un tiburón preparándose para dar un bocado. Empezaba nuestro juego favorito.

- ¿De qué color?
- Pues... me he puesto el color del fuego.
- Mmmh... caliente caliente. ¿Un fuego para protegerte o para quemarte?
- Oh, vaya pregunta... Creo que es... A ver. - Me quedé callada un rato, mirándome el pelo y pensando qué clase de fuego era. - Es mágico. Eso es. Es un fuego para hacer magia, porque brilla más que los normales. 
- Es decir, artificial.
- Exacto. - Me encantaba cómo entendía lo que quería decir, por mucho que complicara mis palabras. Me encantaba que me entendiese tan bien. 
- Háblame más, ¿lo conozco?
- Sí, alguna vez lo he comentado... - Mi color favorito, pensé. - A ver. Es pasional, es fuerte, es... vivo.
- ¿Ese no es el que tenías antes?
- No, es otro tipo de vida. El de antes era una vida preciosa y bonita, de esas que te hacen saltar una lágrima de alegría. Ahora es una vida movida, activa, divertida.
- ¿Peligrosa?
- Siempre. Peligrosamente sexy. - Pelirrojamente sexy, pensé.
- Vivo, caliente, peligroso, sexy... Creo que lo conozco. Enséñamelo.

Sonreí, como un tiburón. Llevé mi mano a su cara y la cogí con fuerza, como una abuela que recibe a su nieto después de muchos meses. Al separarla, mi mano había quedado marcada en su cara.

- Ahora lo tienes tú.
- Oh... interesante. - Levantó un poco la cabeza, como pensando. - ¿Algo más?

Le di un guantazo.
- ¡Ese es el de siempre! ¡Tu favorito!
- ¡No lo es! Es parecido... pero no igual. Ya sabes, otro tipo de fuego. ¿No has notado que el golpe ha sido más fuerte?
- ¿Sinceramente? - "Uhum", contesté. - No. Venga, un poco más.

Abrí el bolso, rebusqué en el fondo y saqué un pintalabios. Me lo apliqué rápido y lo guardé de nuevo.

- Sí, ahora sabrás cuál es. Además, te lo dejaré puesto.

Vi como sus gafas se levantaban, había subido las cejas en señal de sorpresa.

- ¿Cómo?

Alargué el brazo y coloqué mi mano en su nuca, lo llevé hacia mí y con todas las fuerzas que tengo en mi cuerpo y mi corazón, le besé. Le besé como si fuese el último que pudiera darle, como si estuviese pasándole mi alma, como si doliese si me separase de él.  Y al separarme, pude ver que sin verme, me miraba. Estupefacto.

- Es... Vaya. - Se le escapó una pequeña risa, se pasó la mano por el pelo. Siempre hacía eso cuanto estaba nervioso. - Creo que sé cuál es. 
- ¡Claro que lo sabes! - Me eché sobre mi silla y reí suavemente. - Es mi favorito.
- No, es diferente. Tu favorito quema más, y puede doler o curar. Es vida y muerte. Es... único. Este es distinto. Es más pasional aún, más brillante, más fuerte. ¿Sabes cual es? - Alargó su mano pidiéndome la mía, se la dí y la acercó a su boca para besármela. - Es el color más bonito del mundo.






- ¿Y ese beso a qué ha venido?
- Nada, me ha apetecido. Ya sabes, al verte.
- Pues nos hemos visto varias veces antes... - 
Paró su bastón, pasó su mano por mi cintura y me acercó, entera, a él. Y me besó, como si le fuese la vida. - Ya tardabas.

- El más bonito del mundo. - Susurré.
Entré al bar y me dirigí directamente a la barra. Señalé la botella de whisky al camarero. No me reconoció.

La última vez que entré fue hace ya ocho años. Llevaba siempre el pelo largo y descuidado, una barba de tres días y una camisa sucia. Ahora iba rapado, de la coronilla a la barbilla, y llevaba un traje negro con camisa blanca y sin corbata. Pesaría veinte kilos más y, aunque hubiera pasado tiempo, parecía más joven. Me acerqué el vaso a la boca y el cristal chocó con mi anillo de oro, me lo acabé de un trago y chasqueé los dedos para llamar a Burt.

Burt, el camarero, fue como mi padrino y mentor. Me enseñó todo lo que un hombre como yo debe saber, y era la principal razón de que siguiera con vida."Gracias", le dije cuando me trajo el vaso. No reconoció mi voz.
El pueblo lo había sido todo para mí. Nací allí, al igual que mis padres y sus padres antes que ellos. Crecí allí y en el pueblo aprendí a andar, leer, nadar, amar y matar. Esas fueron las principales razones que me llevaron a dejarlo todo ocho años atrás. Un corazón roto y una bala en un corazón equivocado. 

Una vibración en mi pecho interrumpió mis pensamientos, acabé el vaso y saqué el móvil mientras chasqueaba mis dedos de nuevo. 

- ¿Jay?

Su voz no había cambiado, dulce y revitalizadora como siempre. Era mi voz favorita en todo el mundo y hacía más de ocho años que no la oía.

- Dicen que has vuelto al pueblo, ¿es verdad? - Su voz, preciosa, temblaba al hablar. Podía notar sus lágrimas en mi mejilla a través del teléfono. - Jay... ayúdame.

Me dije a mi mismo miles de veces que debía alejarme de ella, que era peligrosa. Una femme fatale de manual. Bella, dulce y manipuladora. Un veneno y una droga a la vez de la que nunca pude desengancharme. Nunca entendí qué es lo que buscaba, qué es lo que quería.
No podía negarle nada.

- ¿Dónde estás? - Mi voz sonó firme.

El Hotel Raymond era el único hotel de la ciudad. Un edificio alto y viejo, con un señor casi tan viejo como él al mando. Raymond me recibió al entrar y me saludó con un cordial apretón de manos. Él sí me reconoció, pero no pareció sorprenderle o intimidarle mi regreso. Teniendo en cuenta que años atrás mi cara colgaba por todas las paredes y decían cosas horribles de mí, él debería estar más nervioso. Ella nunca dudó de mí ni dijo nada malo. Entré al ascensor y me miré al espejo. Me aseguré que no me había dejado nada y revisé todos mis bolsillos. Esperaba no tener que usarla, pero mataría a cualquiera que pusiera un dedo sobre ella. Un pitido me devolvió a la realidad y salí en la planta quinta, giré a la izquierda y me encaminé a la puerta que estaba justo enfrente de mí. Habitación 504. Llamé con los nudillos.

Ella me abrió la puerta. Llevaba un camisón mal ajustado y unas gafas de sol. Un cigarrillo descansaba entre sus dedos y sonreía con tristeza. No quise pedirle que se quitara las gafas, me daba miedo lo que había debajo. Me envolvió en sus brazos y me invitó a entrar. "¿Whisky?", preguntó. No negué su oferta y me senté en la cama. Me trajo un vaso, lleno hasta arriba y con dos cubitos de hielo. Se sentó a mi lado y me ofreció un cigarrillo.

- No fumo.

Cogió aire, con fuerza, y su pecho se hinchó. Era la criatura más bonita del planeta, estaba dispuesto a matar reyes, destruir edificios y romper reglas de la naturaleza por su simple petición. Cada vez que hablaba se me erizaba la piel, si me rozaba la mano se me paraba el corazón. Tiró la última colilla y dejó el cenicero en la mesa. Se sirvió un vaso y lo acabó de un trago. "Necesito fuerzas." dijo. Volvió a sentarse a mi lado, me puso la mano en la pierna y me besó en la boca. Cuando su lengua tocó la mía, me creí inmortal. 
Se levantó, desnuda, y fue a la ducha a lavarse. Yo me quedé en la cama, no quería perder su olor. Volvió media hora más tarde con una toalla en la cabeza y una bata violeta. Cogió otro cigarrillo y se llenó un vaso. Me ofreció uno y lo acepté. Desde que llegué en ningún momento le pedí explicaciones, no quería asustarla. No quería perderla. 

La conocí hace doce años, en una fiesta. Ella era la más bonita del lugar y yo era un pordiosero. Pero ella vio algo en mí. Nos acostamos esa misma noche y gimió de la misma forma en que lo hizo hace media hora. Nos vimos desde entonces cada día, quedábamos para cenar, comer o dar paseos. Nos juntábamos para leer o simplemente vernos. Yo tardé segundos en enamorarme. Ella, no estoy tan seguro de lo que llegó a sentir. 
Justo tres años después, cuando yo ya la tenía enganchada a mí como una jeringuilla al brazo, apareció en la puerta de mi casa. Era una noche que llovía, y llegó mojada y manchada de sangre en el labio. Le pregunté un nombre, la dejé en casa y salí. Volví dos horas después y le susurré al oído que ya no tenía nada de lo que preocuparse. Durante los 365 días siguientes viví la misma situación una y otra vez. En el hotel, el bar, mi casa o la suya. Me la encontraba herida y asustada y yo sólo le pedía un nombre. No me costaba matar, nunca me había costado. Lo hice por primera vez con 17 años en la guerra, y por última vez hace ocho años cuando ella se abalanzó sobre la ventanilla de mi coche y llorando, me dijo: "Mi padre me ha violado, mátale."

Yo había crecido con tres padres. Burt, el camarero, me enseñó a disparar, no tener miedo y lo que significar proteger a quien te importa, y sobretodo a sobrevivir. Mi padre me enseñó a beber, amar y lo necesario que es ser culto. Louis, su padre, me enseñó qué significa que alguien pueda perdonarte, que las buenas personas existen y que no hay que juzgar a los demás. Siempre quise ser fuerte como Burt, listo como mi padre y bueno como Louis. El 18 de Enero de 1994 puse mi pistola en la frente de Louis y apreté el gatillo. Cuando fui a buscarla, para decirle que no se preocupara de nada y en busca de su amor, sólo encontré una nota. No había explicaciones, ni indicaciones para encontrarnos. Sólo un adiós. Nunca me dijo por qué me abandonó, para qué le servía yo y ni siquiera cómo debía tomarme que se encontrara con tantos hombres a mis espaldas. Ella era una mujer libre y yo siempre la respeté. Maté por ella, incluso a gente a quien yo quería. A cambio sólo recibí un adiós y cero explicaciones.

- ¿Quién ha sido? - Pregunté, al fin.
- Me casé hace dos años, - intenté que no se notara cuánto me dolieron esas cinco palabras - con un buen hombre. Dirige un negocio fructífero y me da todo lo que pido. Me trata con amor y me protege del mundo. Hace dos semanas descubrí que trafica con drogas y armas, le dije que no se preocupara, que podía confiar en mí. Ayer descubrí que también trafica con mujeres. Dudé en segundo en asegurarle que podía fiarse de mí,  y a cambio recibí...
- ¿Te duele?
- Mucho, todo el cuerpo.
- ¿Dónde está?
- Hay unas oficinas, al norte. El edificio es nuevo y tiene un letrero verde enorme. Está en la planta de arriba.

Me levanté de la cama y me puse la americana. Fui a la puerta y me giré para mirarla otra vez. 

- Lo sé, - dijo ella - volverás en dos horas. 

Conduje durante veinte minutos por una carretera tranquila y lo vi, un edificio nuevo con un letrero verde enorme. Aparqué al lado de la puerta.

Saqué la pistola y coloqué el silenciador. Llamé a la puerta dos veces y esperé. Cuando vi una sombra al pie de la puerta, coloqué la pistola sobre ésta y apreté al gatillo. Quedó un agujero limpio y se escuchó un golpe al otro lado. Como de alguien que cae al suelo. 

La puerta cedió con mi patada. Entré y vi a las escaleras a mi derecha y un ascensor justo en frente. Elegí las escaleras. Empecé a subir deprisa y cuando llegué a la tercera planta vi aparecer una mano en la esquina del pasillo. Sin titubear, apunté y disparé. Alguien cayó al suelo y yo seguí subiendo. Al subir el último escalón me encontré con dos butacas y una puerta. Abrí la puerta y me preparé. 

El otro lado había un hombre, rubio y que medía más de dos metros. Detrás de él, dos puertas más. 
Le apunté a la cabeza y disparé. Se agachó deprisa, increíblemente deprisa dado su tamaño. Cargó contra mí y me empujó contra la puerta a mis espaldas. La atravesé con gran dolor y caí sobre una butaca. Me golpeé un hombro en la barandilla. Esquivé justo a tiempo su puñetazo y le di una patada en la pierna. El gigante se puso sobre la rodilla, y sin perder el tiempo saqué una pequeña pistola del bolsillo y le disparé. Ya no sería problema.

Me guardé de nuevo el arma pequeña y recogí la que llevaba silenciador del suelo. Una puerta llevaba a la oficina del Directo ejecutivo, la otra a la sala de juntas. Elegí la oficina. 

Detrás de un escritorio había un hombre. Tendría más o menos mi edad, llevaba una camisa azul con las mangas subidas, una corbata morada y la americana gris descansaba sobre la mesa. Me apuntaba al estómago con un revólver. Disparó, noté un dolor atroz y caí sobre mis rodillas.

- Has sido demasiado escandaloso, - dijo, con una voz bonita - y lento. 

Sonreí y levanté la pistola. Me dio una fuerte patada en la cara y el arma se me cayó. Me quitó mi otra pistola y de una patada en el pecho me tumbó. 

- Me ha dicho que vendrías.

Intenté no creerle, pero no vi mentiras en sus ojos. Quise morirme una y otra vez en ese momento. Lo que sentí en el corazón dolía mil veces más que la herida en mi tripa.

- Nunca le he pegado. Nunca le he levantado la mano, ni la voz. Le he dado lo que ha querido desde el primer día que la conocí. Y ella me confesó su pequeño secreto. - ¿Qué secreto? - Es rica, infinitamente más rica que yo. Tenía pensado matarme con veneno al año de casarnos, para heredarlo todo. Es lo que hace, cautiva a los hombres y consigue sus secretos, algunos la ponen en su testamento, otros le hacen donaciones, otros le dicen dónde esconden el dinero. Ella sólo tiene que robarles y desaparecer. O matarles. Podría hacerlo ella, dice siempre, pero prefiere no ensuciarse las manos. 
Entonces entraste tú.

No. No podía ser verdad. ¿Había sido sólo otro instrumento de una persona ambiciosa y mala? Ella siempre había sido dulce, buena y encantadora conmigo. ¿O era sólo mi imaginación?

- Me confesó que estuvo algún tiempo enamorado de ti, tan duro y tierno a la vez. Pero que ella debía avanzar y no podía atarse a nadie. Tiene a muchas personas siguiéndola, tiene que moverse siempre sin parar. Sabía que no podía contarte su secreto, que no la entenderías... Te mintió. Hizo que mataras a su padre, consiguió una fortuna y te abandonó para - levantó los brazos e hizo el gesto de comillas con los dedos - no hacerte daño. - Dolió, dolió infinitos. - Pero tenías que volver... tenías que volverte un buen ciudadano y volver al único sitio donde sabes que ella volvería de vez en cuando. ¿Por qué no la dejaste en paz, agente?

No entendí cómo lo sabía, pero lo sabía. Me hice policía hace cinco años, y fui el primero de mi graduación. Ascendí rápidamente y tras revisar mi historial, mis superiores dijeron que sería perfecto para infiltrarme entre matones, traficantes y gángsteres. Nadie sospechaba, yo daba el pego. Nadie dudó, nunca vi una mano sosteniendo un arma en mi cabeza y una voz preguntándome quién era en realidad. ¿Cómo pudo saberlo él?

- Se ha acabado. Voy a matarte, aquí y ahora. Y serás la última persona que existe, a parte de mí mismo, que sepa algo sobre ella. No lo hago por ella, sino por los dos, por el poder y el dinero. No llores por ella, por ti o por su padre. Todo ha pasado como tenía que pasar. 

Cerré los ojos y esperé un milagro. Escuché un disparo, pero no noté sangre en mí. Una mano se posó sobre mi hombro, y un hombre con una placa sobre el cinturón me dijo que me relajara. Me bajaron a una ambulancia, delante del edificio se llevaban a decenas de personas esposadas. El hombre que había estado a punto de matarme iba camino al hospital, y me dijeron que habían capturado al líder de uno de los mayores negocios ilegales del país. Se equivocaban. 

No les di oportunidad a discutir. Cuando acabaron de vendarme, salí de la ambulancia y cogí un coche patrulla. Conduje todo lo que rápido que pude y llegué al hotel. Esta vez, Raymond sí se asustó al verme. Estaba horrible. Subí a la quinta planta y abrí la puerta de la habitación 504.

Llevaba el camisón abierto, con los pechos al descubierto, y sujetaba una pequeña pistola en la mano. No me estaba apuntando. Las gafas estaban sobre la cama, y no tenía ninguna herida en el ojo. Estaba perfectamente. 

- ¿Es verdad? - Dije, sin sentir miedo.
- Sí.
- ¿Tu padre?
- Tenía que pasar.  
- ¿No había otra manera?
- Cariño, lo único que no tiene arreglo es la muerte. Y yo necesito que de ninguna manera se pueda arreglar lo que hago.
- Me hiciste matar a tu padre, que era inocente. 
- Nunca me pediste explicaciones.
- Confiaba en ti.
- Nunca debiste hacerlo.
- Te amaba.
- Y yo.
- Te amo.

Vi como una lágrima caía por su mejilla, tenía la nariz roja y apuntó el cañón contra mi corazón.

- Voy a dejar el país, por fin estoy preparada. Todo está listo y ya he conseguido todo lo que me propuse. Una gran fortuna, he acabado con las amenazas que se cernían sobre mí, un puesto en más de diez juntas directivas de multinacionales de renombre. Para el mundo, soy una mujer ejemplar, una triunfadora que se ha hecho su lugar entre los hombre de éxito. Pero si tú vives, podrías entregarme.
- Sabes que soy incapaz. - Dije. Yo no podía llorar.
- Eres policía. - Sonó dolor y rabia en su voz. - Nunca me lo dijiste.
- Los dos tenemos secretos. - Dejé de sentir la herida y bajé el brazo de la tripa. 
- ¡No te muevas!
- Relájate... sabes que nunca te haría daño. 
- ¡Por dios! - Se rascó la cabeza con el arma, estaba despeinada. Lloraba sin parar. - ¡Lucha! ¡Defiéndete! ¿No quieres vivir?
- Durante ocho años sólo he tenido una razón para vivir. - Dejó de moverme y me miró, le temblaban los labios. - Llevo ocho años esperando que un día regresaras, que me dijeras que estarías conmigo y tendríamos una vida fácil y sencilla. En cambio, me he encontrado con... esto. - Apunté a mi vendaje. y la miré a los ojos- La única mujer a la que he amado ha planeado mi asesinato y yo ya no tengo razones para vivir.

Ella sollozó y volvió a levantar su arma. 
- Quiero que me digas que quieres vivir.
- No podría mentirte.
- Entiéndeme... Entiende lo que hice. Tenía tanto que pagar, tanta gente a la que le debía dinero... Incluso en nombre de mi padre. - Sentí un fuego extraño en mi interior. - Favores, deudas, caprichos... Cuesta dinero. Y después gente que te persigue, tener que huir... Y al final empiezas a desear ser tú esa persona a la que deben favores y dinero. Ya no me queda nada más por conseguir. Salvo tu perdón.
- Te perdono. - Le dije.

Ella cogió aire, me apuntó entre lágrimas y dijo. 

- Si sólo hubiese amado a alguien que no fuese como tú, no habríamos llegado a esto.
- No me arrepiento de lo que hay entre nosotros, si sólo todo fuera mentira.

Dio un paso hacia mí y me colocó el cañón en la frente.

- Dime que no lo haga, quítame el arma. Puedes hacerlo. Suplica por tu vida. Di que soy lo peor. 

La miré a los ojos, y me sentí de nuevo enganchado a ella. Una persona normal la habría entregado hace años. Nunca habría matado por ella. Le habría dicho a la policía la verdad, que era una delincuente y la cabeza de una organización criminal. Una persona normal, no estaría enganchado de esa mujer como yo lo estaba, era mi única, primera y última droga.

- Eres lo mejor que me ha

¡Pum! Michaela cayó de rodillas, y un hilo de sangre resbaló por su frente. Oí a mis espaldas una persona jadeando, me di la vuelta y vi un policía sonriéndome, aún cogiendo aire después de haber llegado corriendo.

Yo conocía a ese chico. Cogí la pistola de Michaela y disparé al policía. Después me metí el cañón en la boca, y preguntándome cuál era mi puto problema, apreté el gatillo.


Un hombre entra en un bar, va a la barra y deja allí un revólver sucio y usado.

- Buenas tardes, - Saluda el barman, con una sonrisa. - ¿qué será? - Baja la mirada, y ve el revólver sobre la barra. Allí, como si fuera una colilla más. Ya no sonríe. - ¿Es policia?
- Una botella de whisky, un paquete de tabaco y ninguna pregunta más. 

El camarero no se atreve a insistir sobre si es policia, tendrá que creer que sí lo es. Coge una botella de Jack Daniels, un vaso sucio, le echa agua y se lo lleva. Luego, un paquete de tabaco. "Serán 15 dólares señor", le dice. El hombre paga, sin mirarle a los ojos. El camarero se aleja y empieza a secar vasos con un trapo que debería estar más blanco. Se enciende un cigarro. Oye el primer golpe del vaso contra la barra y se sorprende que no se haya hecho pedazos. Luego otro golpe, y otro, y otro. ¿Cuánto bebe ese hombre?

- Un mechero. - Dice el cliente, con una voz áspera que transmite dolor y un pasado que pocos podrían soportar.

El camarero saca uno del bolsillo, lo enciende y se lo acerca. "¿Cómo te llamas?" pregunta el hombre. "Mike", responde.

- No te preocupes, no usaré el revólver en tu bar. Pareces un buen hombre Mike. ¿Tienes familia? Claro, claro que la tienes, eres un buen hombre... Yo no soy un buen hombre Mike. Sí que soy policia. - Dio un largo sorbo a su vaso de whisky, y lo volvió a llenar. - He matado, Mike. - Una calada tan larga como una vida, y otro vaso más. ¿Cuántos lleva ya? Luego, coge la pistola, y por primera vez desde que llegó al bar, levanta la mirada. Esos ojos duelen. - Hace años que no lloro Mike. ¿Debería sentirme orgulloso? ¿Ves este revólver? Esta misma mañana, al levantarme, oliendo aún a alcohol y sábanas, me lo he puesto en la sien. He cerrado los ojos y he pensado ¿Por qué no debería hacerlo? Y la verdad... no he encontrado ninguna razón. Esta mañana he apretado el gatillo, pero no la tenía cargada. Ya no me quedan balas, siempre está descargada.
- Entonces... ¿para qué quiere una pistola descargada?
- Te he dicho que no más preguntas Mike. - Vuelve a bajar la mirada, y da otra calada larga mirando la barra. Y otro vaso más. - Pero lo has hecho, eres valiente Mike. O necio. ¿Por qué quiero una pistola descargada? Bueno, supongo que es lo único que separa mis sesos de la pared... Mike, ¿de verdad te has creído eso de que soy policía?

Mike cogió la escopeta de debajo de la barra y apuntó al hombre en la frente. Estaba sudando y nervioso. No hay nadie más en el bar.

- Sal de aquí ahora mismo o te reviento la cabeza, cabrón.

El hombre, tranquilo, se lleva el cigarro a la boca y lo termina. Luego coje otro del paquete. Levanta las cejas, indicando a Mike que necesita que alguien se lo encienda. El camarero aguanta la escopeta con una mano, y con la otra saca el mechero y le enciende el cigarro.

- Ahora, vete.
- ¿Por qué apuntas con una escopeta a un hombre cuya única razón por la que vive es que esta mañana tenía la pistola descargada? Lo que estás haciendo... no cambiará nada.
- Lo que tú digas, vete.

El hombre volvió a llenarse el vaso, y volvió a beberlo de un trago. Se levantó lentamente, con un cigarro entre los dientes y cogió el revólver. Empezó a andar hacia la puerta, y cuando estaba frente a ella, se paró y se dio la vuelta.

- No me has preguntado por qué intenté suicidarme esta mañana.
- Supongo que estarías harto de algo. Largo - El camarero cargó la escopeta. Pero al hombre pareció no importarle.
- Cuando acabé el instituto, hace ya muchos años... fui a la academia de policía. Me licencié el primero de la clase, y el mejor tirador. Era tan bueno, que nunca me pusieron a controlar el tráfico. Me dijeron que aquí los policías pasaban el primer año controlando el tráfico. Todos. Yo nunca lo hice. Los primeros seis meses estuve patrullando, haciendo detenciones y preparándome para un ascenso. ¡A los seis meses! A los siete meses, nos llamaron por un atraco en una tienda. Fui con dos compañeros, había dos atracadores y un rehén. Una mujer, embarazada. Vi a los atracadores claramente, como una diana a dos metros. No sé por qué, tenía tanta confianza... que disparé. Maté a uno, mi primera víctima. No me sentí mal por él. Al segundo le di en la pierna, y cuando le disparé por segunda vez fallé y herí a la mujer. Yo nunca fallaba. El hombre acabó en la prisión, y la mujer murió. - El camarero bajó la escopeta, sentía que ese hombre no le dispararía. - Dos semanas después dejé el cuerpo. Me fui a casa y me encerré allí solo. Empecé a fumar y beber, demasiado. Me compré un revólver y me lo puse en la sien. Pero no me atreví a apretar el gatillo. Ya han pasado muchos años de ese día... y lo único que ha cambiado es que esta mañana sí me atreví a apretarlo. Pero sigo vivo. Llevo un mes yendo al psicólogo. Escribió "Tendencias suicidas" en su libreta, con letras mayúsculas. Eso ya lo sabía... me había intentado suicidar antes. ¿Sabes que me ha recomendado?
- El... ¿el qué? - Mike ya se sentía seguro.
- Encontrar algo que me guste. Para distraerme. Lo encontré una tontería. Pero a primera hora de la tardé salí de casa con 100 dólares. Quería ir a una tienda de música a comprarme una guitarra. En el instituto, mi mejor amigo era músico. Me encantaba verle tocar. Pensé, ¿podría hacerlo yo? De camino a la tienda, me paré en tu bar. Y al sentarme en la barra, me di cuenta que no podía hacerlo. Sinceramente Mike, esperaba que me volaras la cabeza cuando vieses el revólver en tu barra.

Mike se quedó callado, ese hombre esperaba suicidarse a través de él. Dejó la escopeta debajo la barra y se llenó un vaso de whisky. Lo bebió de un trago. Por alguna razón, de nuevo, lo creía. Creyó que el revólver estaba descargado, y que no lo usaría en su bar. Y ahora, pensó que toda esa historia era cierta. Fue a la caja registradora y cogió dinero.

- ¿Cómo te llamas? - Le preguntó Mike.
- Adam. - Contestó el hombre.
Mike le alargó 100 dólares. - Cómprate una buena guitarra y encuentra una razón para vivir.

Desde ese día, Adam siempre llevaba su revólver y su guitarra con él. Y cada mañana, al levantarse, decidía qué utilizaría ese día.

Por alguna razón, siempre elegía la guitarra.