Su voz sonaba como el eco de esa canción. Sus locos ojos verdes contenían un mundo demasiado grande para mi alma, demasiado fácil perderme en él y no salir nunca. Su rubio cabello bailando sobre sus hombros reflejando la luz del sol y la belleza del universo. Sus labios rojos, esos labios rojos, que me atraparon desde el primer momento y por los que daría todo por uno, sólo uno. Por sólo un beso. La forma en que sonreía, su risa entonada al cielo, su forma de mirarme, de tocarme, de cuidarme como si de verdad le importara. Como si fuera algo más que otro más. Fue en ese momento, mirándola como quien se sienta en la playa a observar el sol yacer, cuando una pequeña luz surgió de mi corazón, fuego ardiente, directo al suyo. 

—Vaya —dijo ella, sorprendida—, ¿en serio?
—Pues... eso parece. Sinceramente, estoy tan desconcertado como tú. No me lo esperaba. Es decir, he sentido cosas pero no sabía era tan grande.
—Bueno, pero es algo muy bonito, ver de nuevo esto —Una luz que nace en el corazón de alguien para reposar en el tuyo—. Gracias. —Me sonrió de una forma que me erizó hasta el último cabello de mi cuerpo, hasta mi alma gritó. 
—De nada. Pero...
—No, no hay luz de vuelta. Lo siento.
—No, no, tranquila. Ya veo que sólo hay un rayo. El mío. Pero está bien. Así funciona el universo.

Di un último sorbo al café, pagué la cuenta y nos levantamos a la vez. Y de la misma forma en que uno sabe  que no flotará debido a la gravedad, yo supe que ese rayo no volvería. Ni desaparecería. Supongo que así era más fácil, entenderlo, cuando sientes el fuego de verdad.

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